Javier Crespo, uno de los integrantes de nuestro grupo, nos ha hecho llegar esta columna de Ramón Soto publicada en el diario digital Menorca el pasado 29/08/2024, que no me puedo resistir a comentar.

A PROPÓSITO DE LA COLUMNA DE RAMÓN SOTO «EL VERDADERO PROPÓSITO DE LA TECNOLOGÍA
En los albores de la eclosión de la denominada medicina basada en la evidencia (MBE), en una rueda de prensa que se celebró en España hace ya muchas décadas, David Sackett, uno de los mayores impulsores de la MBE, se afanaba en explicar que esta forma de enfocar la medicina buscaba que las decisiones de los médicos se basasen en la mejor y más objetiva información posible. Un periodista, no sé si ingenuamente o con cierta sorna, preguntó, entonces, si es que los médicos no lo hacían ya así.
Afortunadamente nadie vio en aquellos momentos en la MBE una amenaza, aunque sí, para muchos, se trataba de un movimiento académico que no iba a ser capaz de cambiar sustancialmente el ejercicio de la medicina. De hecho, un conocido dicho aplicado a la MBE es que ella misma era incapaz de demostrar su eficacia.
Y es que la MBE, como la ética clínica, está al servicio del ejercicio de la medicina clínica, son herramientas para alcanzar fines, no fines en sí mismas.
Lo que si ocurrió es un fenómeno curioso que fue la decepción de algunos colegas clínicos que lejos de verse aliviados por una herramienta mágica aportadora directa de soluciones, vieron como la MBE (la epidemiología clínica como ciencia, en realidad) potenciaba la necesidad de esforzarse aun más en un permanente ejercicio reflexivo consistente en la incorporación de información derivada de la investigación clínica, su juicio de validez y aplicabilidad y, en resumidas cuentas, abordar una toma de decisiones de mayor calidad pero al tiempo mucho más compleja. La medicina basada en la experiencia (de cada cual) no paso a ser una medicina basada en lo que diga la MBE, afortunadamente, o si se prefiere a la aplicación directa (sin darle más vueltas) de guías, protocolos o algoritmos; bueno, quizás si haya instancias interesadas en aplicar ciegamente los protocolos basados en la evidencia (desde una determinada perspectiva), pero eso es gestión (sobre todo ligada a la contención de gastos), no medicina clínica.
El diccionario de la RAE define tecnología de la siguiente forma: 1. Conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico. ‖ 2. Conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto. Si nos centramos en la primera acepción, que es la que se ajusta a la reflexión sobre el uso de la IA en medicina clínica, la MBE, como la inteligencia artificial (IA), es una herramientas tecnológicas; pero es que una palpación abdominal, o una auscultación cardíaca también lo son. De hecho, el más importante elemento tecnológico en medicina es el propio médico.
Ramón Soto tiene razón en todo, pero esa oportunidad que él vislumbra en la amenaza de la IA, está exclusivamente ligada a la capacidad que tengamos los profesionales clínicos para salir de nuestro espacio de confort y aprender a dominar la IA como herramienta al servicio de la clínica, en particular, y de la medicina en general. Los fines de la medicina, buenos en esencia, no pueden ser modificados por las herramientas, pero algunos de los promotores de la IA pueden querer modificar el mercado de la atención sanitaria con intenciones espurias.
Abandonemos definitivamente la idea de que la IA es un fenómeno casi mágico; es solo tecnología, impactante, disruptiva, sí, es cierto, pero al fin y al cabo solo una herramienta que es posible utilizar para esos fines inmutables de la medicina. Es más, no solo es posible sino que los profesionales sanitarios tenemos una profunda obligación moral de abordar sin dilación, complejos ni reticencias, la incorporación de la IA como tecnología al servicio de los pacientes, eso sí, negándole el aura de fin en sí misma que algunos quieren atribuirla.