La respuesta de Senén Barro


Senén Barro Ameneiro

Senén Barro Ameneiro es físico, Catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial y director científico del CiTIUS (Centro Singular de Investigación en Tecnologías Inteligentes de la Universidad de Santiago de Compostela – USC). Ha sido Rector de esta universidad, Vicepresidente de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE) y presidente de RedEmprendia. Es  socio fundador de SITUM Technologies e InVerbis, Miembro de la Real Academia Gallega de Ciencias y Premio Nacional de Informática José García Santesmases 2020.

05/08/2024

¿Qué se puede esperar a corto, medio y largo plazo de la interacción de la denominada inteligencia artificial con la inteligencia humana?


¿Qué podemos esperar de la suma de la inteligencia humana y la artificial?

El campo de la inteligencia artificial tiene siete décadas de historia, al menos si atendemos a la fecha en la que se pone en el mapa de la opinión pública. En sus orígenes no hubo un objetivo práctico, pensando en lograr nuevas herramientas al servicio del trabajo, la salud, la educación o el ocio humanos, pongamos por caso. Bien al contrario, la IA partió de la conjetura, que todavía lo es, de que cualquier aspecto de la memoria, el aprendizaje o la inteligencia humana en su conjunto, podrían ser simulados con el detalle suficiente en las computadoras, entonces incipientes. Hoy, sin embargo, todo se mueve alrededor del pragmatismo. Buscamos resolver problemas, aumentar la productividad, mejorar cualquier medio al servicio humano… Por ejemplo, en el campo de la medicina, la IA busca ir más allá del saber y poder humanos.

La IA nos permite amplificar nuestras capacidades cognitivas, sobre todo, y estas se dedican en general a lo que más nos importa. Educar, curar, investigar, crear… Darles nuevos instrumentos a nuestras capacidades para pensar, razonar, planificar, resolver problemas y aprender de nuestras experiencias, por ejemplo, nos lleva a pensar que podemos cambiarlo todo y está en nuestra mano que sea para nuestro bien. En el ámbito económico, por ejemplo, la IA puede optimizar procesos industriales, predecir tendencias de mercado y personalizar experiencias de consumo inimaginables hasta hace unos pocos años. En el mundo de la creación artística permitirá crear nuevas obras de literatura, pintura o música a los artistas, abriendo nuevas posibilidades a la creación humana. En el ámbito de la salud, cuyo progreso ha estado indisolublemente ligado a los avances científicos y los desarrollos tecnológicos, contamos ahora con la posibilidad real de avanzar en el diagnóstico y tratamiento personalizados, de acelerar y abaratar el descubrimiento de nuevos fármacos, al menos en un orden de magnitud, de llegar, en definitiva, no solo a donde no llega el ojo clínico, sino nuestras capacidades humanas.

Todo esto es cierto y estamos viéndolo cada día, a medida que nos sorprenden nuevos logros de la IA. Pero es igualmente cierto que no son pocos los riesgos y amenazas que se ciernen sobre nosotros si no tenemos la voluntad y el acierto de evitarlas. Pondré un par de ejemplos entre cientos. La automatización inteligente del trabajo sin otro objetivo que la sustitución humana y el ahorro de costes, traerá más problemas que ventajas. No logrará el ansiado aumento de la productividad, expulsará sin remedio a millones de personas del mercado laboral y dificultará la innovación basada en la IA, que sí debería ser el objetivo primero de la introducción de la IA en cualquier parcela del trabajo humano.

Si nos vamos al ámbito de la salud, la IA podría ayudar a universalizar la atención médica, al menos una atención básica, al proporcionar herramientas baratas de diagnóstico y tratamiento a regiones del mundo con acceso limitado a la sanidad y, en particular, a la medicina especializada. Aplicaciones de telemedicina, respaldadas por IA, pueden ofrecer consultas médicas y monitorización en remoto, cerrando, al menos en parte, la brecha entre las poblaciones urbanas y rurales y entre los países ricos y pobres. Pero esta es una posibilidad, deseable, pero solo una posibilidad. Lo cierto es que salvo que haya una voluntad expresa y la inversión necesaria para llevarla a la práctica, las tecnologías suelen conducir de forma espontánea al agigantamiento de las brechas en la riqueza, la educación o la salud, y las tecnologías inteligentes no son una excepción, bien al contrario.

Por otra parte, el que se haya abandonado el objetivo con el que nació la IA en beneficio de una visión absolutamente pragmática y un tanto reduccionista, puede privarnos de progresos mucho mayores que los que estamos obteniendo. Abandonar los objetivos científicos para enfocarse casi exclusivamente en los económicos nunca fue nuestra mejor opción. De hecho, con un enfoque tan reduccionista de la ciencia no contaríamos hoy con los rayos X, la Resonancia Magnética Nuclear, la radioterapia o las vacunas de ARN mensajero.


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