
Sergio Alonso Puente es periodista, con especial dedicación a los temas sanitarios. Pertenece al equipo fundador del diario LA RAZÓN, del que en la actualidad es director adjunto y director de su suplemento A TU SALUD. Este suplemento es el más galardonado de todos los que se publican en la prensa española. Entre sus premios cuenta con el Jaime I de Periodismo. Es además vicepresidente de la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS).
16/08/2024
¿Qué se puede esperar a corto, medio y largo plazo de la interacción de la denominada inteligencia artificial con la inteligencia humana?
Lazarillos de Tormes de la Inteligencia Artificial
Antes de nada, y en un obligado ejercicio de honestidad, me gustaría dejar constancia de que no soy ni de lejos un experto en Inteligencia Artificial (IA), sino, más bien, todo lo contrario. Hasta hace un par de años, mi escaso conocimiento acerca de esta disruptiva tecnología, cuyo origen puede remontarse a la II Guerra Mundial pero que ahora ha irrumpido con la fuerza de un volcán después de un incomprensible periodo de parón, procedía del cine. Más concretamente, de los inquietantes mensajes ocultos en la saga Terminator y en la mucho menos conocida película de Steven Spielberg que acuña el mismo nombre que la temática de este artículo. ¿Puede llegar la IA a cobrar conciencia plena y conjurarse para destruir todo vestigio humano? ¿Será capaz algún día de adquirir sentimientos más puros incluso que los que manifiestan las personas de carne y hueso? Las respuestas a estas inquietantes preguntas siguen latentes todavía hoy y todo apunta a que lo seguirán estando durante bastante tiempo.
También sabía superficialmente de la IA, todo sea dicho, por algunas partidas sonadas entre robots y humanos que fueron divulgadas a través de los medios de comunicación como si de competiciones deportivas apocalípticas u ordalías medievales se tratara. Particularmente interesante en este sentido fue la serie de enfrentamientos mantenidos en 2016 entre el maestro coreano Lee Se-dol y el programa AlphaGo, desarrollado por DeepMind, en el milenario Go. Baste conocer que la complejidad de este juego chino es mayor que la del ajedrez y que existen más posiciones posibles en un tablero que átomos en el universo. Retransmitidas por streaming ante alrededor de 200 millones de personas, la Inteligencia Artificial se impuso a la humana en cuatro de las cinco partidas disputadas, causando perplejidad entre los expertos no sólo el resultado final, sino también los sorprendentes movimientos decididos por la máquina, nunca antes vistos en 2.500 años de historia. Aquello, desde luego, me asombró, como también lo hizo la derrota del maestro Kaspárov frente a una máquina llamada Deep Blue. Desde la mítica contienda entre Spassky y Fischer de 1972, no se había producido un revuelo semejante en el mundo del ajedrez. La Inteligencia Artificial había logrado imponerse a la humana, en los albores de una revolución que no había hecho entonces sino comenzar, y que ya ha tenido en estos juegos de destreza mental la base para desentrañar, por ejemplo, el mecanismo de funcionamiento de las proteínas.
El último rescoldo de conocimiento atesorado sobre la IA procedía de las noticias que me llegaban a cuentagotas gracias a mi actividad profesional como periodista en general, con amplia experiencia en el campo de la sanidad en particular. Tal vez se conozca, pero no está de más recordar que en el plano médico los videojuegos a los que tan enganchados se encuentran los adolescentes fueron determinantes para la revolución diagnóstica que ya está a las puertas de los hospitales. Repito, no soy especialista y este dato podría seguramente refutarse, pero parece muy probable que la incorporación de la llamada GPU (Graphics Processing Unit) en la arquitectura de los ordenadores personales, determinante para realizar simultáneamente infinidad de cálculos para el procesamiento de gráficos, fue vital para la llegada de la IA dentro del campo de la imagen. Las redes neuronales que la configuran son capaces de detectar a una velocidad de vértigo cosas que el ojo humano no percibe, al gozar de ventajas significativas en el terreno de la memoria o la representación multidimensional. Con el conocimiento atesorado por millones y millones de casos, esta inteligencia tiene sobrada capacidad para identificar casi en tiempo real las patologías de los pacientes plasmadas en las imágenes que previamente se han tomado de ellos. ¿Es fiable este diagnóstico digital? Eso es harina de otro costal, y debe dar pie a grandes análisis pormenorizados, pero lo que sí es seguro es que la solución más ampliamente adoptada en la práctica clínica que ha nutrido a la IA durante sus “entrenamientos” es la que elija ésta para emitir la valoración médica que se le demanda. Como vemos, la posibilidad de equivocación en el diagnóstico se reduce al mínimo, pero si este posible error forma parte de la base del “entrenamiento” al que se ha sometido a la red neuronal artificial, podría llegar entonces a magnificarse. En cualquier caso, la digitalización de la radiología es ya un hecho y parece que ha llegado para quedarse. ¿Significa esto que los radiólogos no serán ya necesarios? A mi juicio, sí seguirán siéndolo. Lo que será necesario es que se entrenen en IA para optimizar su forma de trabajar. Con las biopsias y su interpretación ocurrirá otro tanto.
El mundo de la medicina es, desde luego, uno de los principales campos de prueba de la revolución de la IA que estamos viviendo. Son numerosos los expertos que hablan de su importancia crucial de cara al reposicionamiento de fármacos y al desarrollo de otros nuevos en un tiempo récord. Particularmente interesante será su papel en el combate de las resistencias a los antibióticos y en la profundización en la medicina de precisión. La IA ya es capaz de calcular de manera personalizada el riesgo de desarrollar una patología concreta, aunque aún no está exenta de errores, como los cometidos por una de las redes de IBM hace alrededor de seis años.
Una de las grandes preguntas del millón es si la IA será capaz de sustituir a los doctores en la consulta, dada la posibilidad de que sus redes cotejen en tiempo real millones de síntomas, algunos equivalentes a los que muestre el paciente que se siente enfrente de ella. Los experimentos en este sentido empiezan a ofrecer resultados verdaderamente sorprendentes, llegando a ser difíciles de distinguir las soluciones que plantea por ejemplo una inteligencia conversacional ChatGPT con las ofrecidas por un doctor. Algunos ven en la fluidez lingüística de esta herramienta el vehículo perfecto para sustituir al médico en la realización de farragosas tareas burocráticas, pero no así en el campo clínico, en el que se podrá emplear con mayor dedicación, algo en lo que coincido plenamente. Desde mi punto de vista, el médico seguirá ejerciendo, aunque con mucha más información a su disposición para poder decidir.
En el campo periodístico puro, la irrupción de la IA ha dado pie también a debates como los que se producen en el plano médico: ¿llegarán un día las máquinas a eliminar el empleo de los profesionales de la comunicación? Puede, pero lo que sí es seguro es que obligará a los periodistas a cambiar su forma de trabajar, convirtiéndolos más en editores antes que en creadores de contenido. Los chats conversacionales son hoy capaces de enriquecer noticias en cuestión de segundos y de elaborar por sí mismos información con profusión de datos y un lenguaje exento de errores graves. En el debe de los chats figura aún el límite temporal de su entrenamiento, lo que impide que puedan confeccionar noticias en tiempo real, pero ya existen pluggins capaces de auxiliarles en esta tarea, salvando algunas de sus más graves carencias. El periodista deberá velar por la corrección de los datos proporcionados por el chat y por eliminar los errores de bulto que aún comete, y que en algunos casos son notables. No son pocas ya las redacciones digitales que hacen ya uso de la IA para incorporar cometido a sus webs y redes sociales, y aumentar los clicks y los ingresos publicitarios derivados de ello, aprovechando el vacío normativo y deontológico que existe al respecto. Al tratarse de contenido muy fugaz y con posibilidad de ser modificado sobre la marcha, los errores que incorporan las informaciones obtenidas de tal forma son más fácilmente subsanables y hasta indultables.
Efectuado este somero repaso del punto de partida para efectuar un mínimo análisis, vayamos al meollo de la cuestión. Fernando Carballo me plantea que responda a la siguiente pregunta: ¿qué se puede esperar a corto, medio y largo plazo de la interacción de la denominada Inteligencia Artificial y la inteligencia humana? Desde mi punto de vista, y partiendo de la base de esos conocimientos superficiales que he mencionado sobre la nueva tecnología, creo que el salto será tan grande como el que supuso la irrupción de la imprenta o el que entrañó la revolución industrial en la humanidad de aquellas fechas. Cambiará, sin duda, la forma de trabajar y, posiblemente, también la forma de educar y de pensar. Empleos claves hasta ahora desaparecerán o tendrán que reconvertirse, y surgirán otros nuevos que hace escasos años nadie imaginaba que pudieran llegar a existir. Paradójicamente, los llamados empleos creativos serán probablemente los que experimenten con mayor intensidad la velocidad de este cambio. Ya se han mencionado aquí la medicina o el periodismo, pero sucederá algo parecido en campos como el jurídico, las ingenierías o la informática. Si hasta hace poco estudiar programación era sinónimo de disponer de empleo bien retribuido casi al instante, hoy la situación se ha revertido: la IA es capaz de programar por sí misma y de aprender sobre la base de su experiencia programadora, desbaratando el trabajo de los que se dedicaban a tal menester. En este nuevo mundo que se abre los humanos serán vitales a la hora de dar sentido a la labor de la IA, ordenar su producción y guiarla hacia la dirección adecuada. Según cómo se le pregunte a un chat conversacional se obtendrá una respuesta más o menos correcta y precisa. Y para saber preguntar hay que conocer bien antes el tema por el que se pregunta. Aludí antes a los cambios en la educación y en la forma de pensar. Igual que la imprenta sustituyó la cultura oral por la cultura escrita, los chats conversacionales pueden provocar que resurja la oralidad en la enseñanza para sortear posibles plagios. A partir de ahora, empezarán a ser más frecuentes los exámenes orales, con todo lo que ello comporta de cambios en la manera de estructurar la información estudiada. La aparición de la IA también generará alteraciones sensoriales y conductuales, algo que ya sucedió en el pasado con otras revoluciones. Uno de los ejemplos más claros es el de los medios de transporte. Con su llegada, el ser humano empezó a caminar menos, un fenómeno que se agudizará a medida que se generalice la conducción autónoma. Frente a las teorías que restan valor al papel que jugarán los humanos en esta suerte de distopía, considero, como otros muchos, que ese papel seguirá existiendo, aunque distinto. Pensemos en los desplazamientos guiados por aplicaciones GPS auxiliadas por la IA. Una de las peculiaridades de la Inteligencia Artificial es que obtiene el resultado sin comprender el problema al que se enfrenta. Al marcar una dirección nos guiará hasta ella para que lleguemos de la forma más rápida, sin tomar en consideración otras particularidades como si queremos ir por lugares muy transitados o por otros que muestren una belleza natural singular. Les propongo un reto: si viven en Madrid marquen en su GPS Navalperal de Tormes, en Ávila, y diríjanse hacia allí. El camino más rápido les llevará por un camino de tierra y deberán atravesar un río con poca agua, pero río a fin de cuentas, para alcanzar su destino, lo que harán si los bajos de su vehículo resisten la aventura. Una ruta alternativa dos minutos más larga les conducirá en cambio al mismo sitio por una carretera nacional perfectamente asfaltada. El papel humano en la elección será insustituible. En este contexto, no comparto las teorías que vaticinan el final del trabajo humano tal y como lo conocemos, pero sí atisbo una revolución en la forma de trabajar. ¿Imaginaba alguien hace 20 años que un robot dirigiera una operación a cientos de kilómetros de distancia del paciente a operar? ¿Ha supuesto esto el fin de la figura del cirujano? ¿Veía alguien factible hace 20 años que un periódico pudiera realizarse a distancia, sin la existencia de una redacción? ¿Sospechaba alguien hace 40 años que a través de un ordenador podríamos conversar con otra persona situada al otro lado del planeta, ver en tiempo real cualquier lugar recóndito del planeta, acceder a milles de libros o escuchar millones de canciones? ¿Ha supuesto esto el fin de los viajes o el de, por ejemplo, los conciertos o las bibliotecas? No. La conclusión es que los humanos seremos los lazarillos de esta tecnología, a la que habrá que guiar para que no se precipite al vacío.
Una respuesta a “La respuesta de Sergio Alonso”
Perfecto Sergio
Lazarillos de la tecnologia
Elisa loncan