La respuesta de Enrique Castellón


Enrique Castellón Leal

Enrique Castellón Leal es médico internista. Ha sido Director General del Servicio Gallego de Salud (1991-1995), Viceconsejero de Sanidad y Servicios Sociales de la Comunidad de Madrid (1995-1996). y Subsecretario del Ministerio de Sanidad y Consumo (1996-2000). Es fundador y Presidente del Consejo de Administración de Cross Road Biotech Inversiones Biotecnológicas (CRB Inverbío SGEIC SA).

19/07/2024

¿Qué se puede esperar a corto, medio y largo plazo de la interacción de la denominada inteligencia artificial con la inteligencia humana?


¿Qué se puede esperar en el futuro de la interacción de la IA con la inteligencia humana?

Vaya por delante que la IA lleva décadas siendo instrumental entre nosotros, pero la IA generativa derivada de los modelos fundacionales -algo más reciente- ha provocado, literalmente, una aceleración en su infiltración en todos los sectores y en (casi) todos los niveles, lo que dificulta cualquier pronóstico acerca de a dónde llegaremos ya no a largo sino incluso a corto/medio plazo.

De manera inmediata parece claro que la IA seguirá siendo una herramienta útil más para expandir las capacidades humanas que para complementarlas y de esa manera sustituir una parte cada vez más importante del trabajo que lleva a cabo la gente. Un informe reciente de McKinsey explica el potencial de la IA generativa para cambiar la “anatomía” del trabajo, automatizando gran parte de este y que, gracias a la comprensión por parte de la IA de lenguaje natural, calcula que esto supondrá una reducción de entre el 60% y el 70% del tiempo empleado en estos momentos.

Sin embargo, al menos por ahora, la relación entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial no es espontánea o, si se quiere, enteramente fluida. Exige un cierto aprendizaje en nuevas habilidades. No es aventurado pensar que en no mucho tiempo la relación será más natural. De momento, además de la formación individual, las organizaciones habrán de repensar sus procesos con objeto de rentabilizar el potencial de la IA. Por diferentes motivos unos sectores serán más rápidos y ágiles que otros. La experiencia -y a pesar de lo radicalmente nuevo de este particular avance tecnológico la experiencia de otras innovaciones sigue siendo válida- demuestra que en los sectores de la economía en los que el peso del Estado es importante -como la sanidad y la educación- el cambio tecnológico resulta particularmente lento. Y ello a pesar de que la productividad puede aumentar enormemente en sistemas sanitarios poco sostenibles y al límite de la insolvencia. Sólo hay que pensar en la enorme cantidad de datos procedentes de fuentes distintas, inmanejables para la inteligencia humana, y con los que la IA puede, por un lado, agilizar los procesos y, por otro, identificar nuevas dianas y moléculas mucho más eficaces y eficientes.

En todo caso, no es únicamente el incremento de la productividad lo que resultará del uso extensivo de la IA. Puede anticiparse que se entrará en un nuevo territorio del conocimiento, un territorio que hoy no está al alcance de la inteligencia humana y en el que se descubrirán causas y efectos hasta ahora desconocidos. No conviene olvidar, sin embargo, que lo desconocido puede tener de entrada una connotación positiva e incluso esperanzadora, pero puede arrastrar también consecuencias amenazantes, difíciles de anticipar y, por tanto, difíciles de prevenir.

Con respecto al futuro de la relación entre la inteligencia humana y la IA quizá esta última se encuentre en mejores condiciones que nosotros para desarrollar con éxito ese ejercicio de prospectiva. La capacidad de los seres humanos para anticipar el futuro es muy pobre en todos los campos, aunque, en alguno en particular -especialmente cuando hay rentabilidad económica de por medio- esa capacidad está especialmente bien valorada (sospechosamente por los propios interesados). Psicólogos y expertos en economía del comportamiento han identificado perfectamente nuestros sesgos a la hora de tratar de anticipar el futuro. Y han comprobado retrospectivamente que el azar explica mejor el resultado que cualquiera de los criterios utilizados en la predicción. La inteligencia artificial tiene la capacidad, “a priori”, de evitar esos sesgos tan “humanos” siempre que no se introduzcan en los algoritmos, y de contribuir por ello a la prevención de situaciones que escapan a nuestras posibilidades.

Pero las imperfecciones presentan algunos aspectos positivos al escapar de la uniformidad y la excesiva rigidez del espacio matemático. La inteligencia humana tiene virtualidades que, al menos hoy en día, matizan alguna de las “prescripciones” que puedan derivarse de la inteligencia artificial. Estas ventajas estarían incluidas de manera genérica en lo que conocemos como sentido común. Aunque no hemos de ser ingenuos. Aquí nos movemos en un terreno un tanto ambiguo y en el que es difícil valorar la frontera que separa el sentido común con los sesgos que he mencionado anteriormente. Hay otras cualidades humanas de las que la IA puede evadirse como los juicios morales. No voy a entrar en como la sociedad ha evolucionado en este aspecto. Pero no resulta fácil anticipar como podrían incorporarse a la IA toda vez que les damos valor y no estamos dispuestos a renunciar a ello. Aunque es posible que en algunas ocasiones los usuarios de la IA prefieran evitar cualquier clase de enjuiciamiento moral. Todo ello forma parte de las muchas incógnitas que quedan por despejar, si es que alguna vez se despejan o quizá la propia evolución, por defecto, pase por encima de todo esto y ni siquiera seamos conscientes de cómo ha sucedido.


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